Primera parte de las aventuras del Inspector Montalbán persiguiendo crímenes por Albacete

¡Hola lector! por fin llega la primera entrega de la saga de Isidoro: La sagrada cofradía de los jamones sangrientos. Durante esta semana vas a recibir también un enlace a la web donde voy a ir subiendo los capítulos, información de los personajes, mapas de Albacete, sitios que aparecen en las historias y lo que vaya surgiendo. Espero que disfrutes de la lectura. ¡Espero tus comentarios! 🔪
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Peñas de San Pedro, Albacete
El cadáver colgaba del gancho como un jamón más. Solo que este chorreaba sangre a borbotones y no iba a ser regalado por compromiso en Navidad.
La nave era vieja, de chapa oxidada y el aire estaba viciado de ese olor característico del jamón. En el suelo, el serrín estaba empapado de sangre y las moscas, excitadas, revoloteaban al rededor del muerto.
Isidoro se sacó el Ducados de la boca y lo apagó contra la suela del zapato, resoplando. En treinta años de servicio había visto de todo, pero jamás un fiambre colgado en un secadero como si fuera una paletilla ibérica.
—Hostia puta… —murmuró, rascándose la barriga bajo la gabardina raída—. A este le han metido en salazón sin consentimiento.
El dueño del secadero, un paisano gordo con cara de no comer verdura desde los ocho años, agarraba la boina con las dos manos, como si de eso dependiera su credibilidad.
—Inspector… yo… yo no sé qué cojones ha pasao… Me estaba dando una mocholá y me despertó el Paquito a bramios al encontrarlo.
Isidoro le lanzó una mirada de perro viejo. Llevaba demasiados años oliendo la mentira en la voz de los hombres como para no reconocerla.
—Mira, Manolo —dijo, mascullando como si escupiera perdigones—. A mí no me cuentes milongas. Ese de ahí arriba no ha venido a colgarse solo. Y por la pinta, no es de por aquí. Algo sabrás.
Se acercó al cadáver que tenía la piel pálida y los brazos tatuados con símbolos extranjeros: cruces ortodoxas, estrellas de nueve puntas, números. Isidoro no necesitaba un máster para saber que aquello no eran garabatos de borrachera. Aquello olía a mafia, y a problemas más gordos que Manolo.
Sacó una navaja de bolsillo y rajó la camiseta del muerto. Debajo había más tatuajes que confirmaban sus sospechas: letras cirílicas y una calavera con una corona.
—Joder… —susurró—. Esto no es un ajuste de cuentas de bar de carretera, Manolo. ¿En qué mierda andas tú metido?
—Yo no se na, Inspector.
—Pa no saber na, el cordel que estás dando, virgen santísima.
Se apartó, se encendió otro cigarro y miró al techo ennegrecido del secadero.
Los jamones colgaban en fila, perfectos, alineados como soldados en primera línea de batalla. Todos iguales, todos inocentes, menos uno. El que sangraba todavía.
Isidoro supo en ese instante que lo que se acababa de abrir no era un caso cualquiera. Era un agujero sin fondo. Uno que conectaba La Mancha con un mundo que él solo conocía de oídas y que le iba a consumir, por que nadie, absolutamente nadie, iba a hacerse con su territorio y encima sacar beneficio de ello.
Isidoro pasó la tarde en el secadero. El frío le calaba los huesos, pero la cabeza le hervía mientras trazaba líneas imaginarias entre acontecimientos recientes y teorías que se le cruzaban en la mollera. Tanta violencia le daba tiricia, pero iba a dar con la verdad.
—Inspector, ¿puedo llevarme ya el cadáver? —preguntó el forense, un chaval nuevo que aún no osaba mirar al muerto más de lo justo.
Isidoro mascó el cigarro y escupió al suelo.
—Ni se te ocurra, chaval. Este fiambre no va pa ningún lado. Va primero a mis papeles.
Se inclinó sobre el cadáver y le palpó los bolsillos con la parsimonia de un carnicero que examina una pieza antes de filetearla. Sacó un pasaporte búlgaro, mojado en sangre. Nombre impronunciable, sellos de media Europa y una tarjeta del Bar Oasis, carretera nacional 301, kilómetro 14.
Isidoro sonrió con amargura.
—Coño, el Oasis… Si esas paredes hablaran, el Vaticano nos excomulgaba a todos.
Guardó el pasaporte del búlgaro en su gabardina y salió a la explanada. El sol de Albacete pegaba como hostia a mano abierta. El secadero quedaba detrás, con su olor a sal, muerte y mentira. Arrancó el coche: un Ford Fiesta del 76 , desvencijado con el salpicadero lleno de polvo y estampitas de vírgenes. Puso rumbo al Oasis.
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